Wednesday, April 18, 2007

El Chuy

Mi admiración por la prosa de "El Chuy" (como Julián y yo nos referimos a un intelectual mexicano) es de sobra conocida. En su artículo de hoy, comparte su entendimiento a partir de una lectura de Salvador Elizondo con los lectores.
Resalto lo siguiente:
  • La pedantería -tan distante de la flatulencia- es una virtud. Es pedante quien "sabe lo que otros ignoran". Es que, si hacemos caso a la gestación griega de la palabra, el pedante es el cuidador, el trasmisor de la paideia.

  • Que el elogio auténtico es desmesurado.

  • Que la crítica consiste en separar lo deleznable de lo perfecto.

  • Que el ruido es, por lo menos desde el tiempo en que el látigo de los cocheros hostigaba a Schopenhauer, uno de los dolores más insoportables de la vida urbana.

  • Que uno de los libros secretos de Elizondo era un Diccionario de términos médicos de raíz griega. Los significados de las palabras le eran indiferentes. Los sonidos le parecían una delicia.

... Yo también debería leer a Elizondo.

Wednesday, March 28, 2007

Shortbus: la búsqueda de un consuelo

"Sex is certainly something to be afraid of, but not something that can be avoided"
Dan Savage

Nuestra generación es una generación orgasmocéntrica.

¡Ay de aquel hombre que sea incapaz de "darle" un orgasmo a su mujer! ¡Ay de aquella que no se deje llevar por sus sentidos y explote en los brazos de su amante! ¡Ay de aquella insensata que no sea capaz de sentir una infinita contracción vaginal que la libere de todos sus prejuicios y le dibuje una sonrisa permanente!

Uno de los productos de la liberación femenina fue la conciencia de que el orgasmo -femenino- es una obligación en toda relación sexual. El orgasmo, más que la interacción sexual, se ha convertido en la meta de toda "mujer plena" y de todo hombre que se precie de ser "buen amante". Así, no importan las caricias, las palabras, las miradas, los olores o los sentimientos. Si ella no "llega", él se siente mal. O, en una extensión del orgasmocentrismo, si no "llegan" al mismo tiempo los dos, entonces nada ha valido la pena.

Parece que, una vez derrumbados los grandes asideros (dios, la razón, el progreso), al hombre posmoderno lo único que le ha quedado es el sexo, o mejor dicho, el orgasmo. Sin orgasmo, sólo nos queda el desconsuelo.

Shortbus (John Cameron Mitchel, 2006) narra la historia de James y Jamie, una pareja homosexual que busca establecer una relación abierta; Sofía, una terapeuta sexual que nunca ha tenido un orgasmo; y Severin, una obtusa dominatrix incapaz de establecer relaciones significativas. Las tres historias confluyen en un bar llamado Shortbus donde abunda el sexo (explícito), y en menor medida la música y el arte.

Las tres historias deambulan en torno al desconsuelo: la mirada eternamente perdida de Jamie, la incomprensión de James sobre su nostalgia, la incapacidad de Sofía para sostener una relación agobiante y la congoja de las fotografías tomadas por Severin. En Shortbus, todos emprenden una infinita búsqueda de algo más que los haga irradiar un chispazo de luz. Todos nos recuerdan que, no importa cuánto se esfuercen otros por fungir de terapeutas o asesores nuestros; al final, el desconsuelo se vive en primera persona… como el orgasmo.


Eso es Shortbus: una travesía por el desconsuelo. El desconsuelo neoyorquino o mexicano, gay o heterosexual, da igual; desconsuelo al fin.

Wednesday, March 07, 2007

Carta a mis nietos

Queridos nietos,

Cuando su madre les diga que coman frutas y verduras, no es necesario que le hagan caso. Cuando les diga que ahí viene el coco, no es cierto. Cuando les amenace con que se harán viejitos si permanecen mucho tiempo en el agua, les está mintiendo. Más... cuando les prohiba limpiarse los oídos con cotonetes, palillos o cualquier otro objeto (que no sea agua y jabón); queridos nietos, ¡escuchen a su madre!
Yo no escuché a la mía cuando me lo decía, y escuchen lo que me pasó.


Recuerdo que un viernes de marzo del año 2007, cuando ustedes todavía no nacían y yo vivía en la colonia Escandón, estaba a punto de meterme a bañar. La llave del agua caliente ya estaba abierta y me limpiaba yo el oído derecho con un Q-tip cuando sonó mi teléfono celular. Era mi jefe, Ernesto. Se me había hecho tarde para ir a mi oficina en el IFE -donde trabajaba-, así es que corrí a contestar.

Como el teléfono había sonado ya un par de veces, pensé que colgarían y me lancé sobre la cama para alcanzarlo. Un segundo después, sin comprender por qué, tuve el dolor más fuerte que he experimentado en la vida. Insisto: no entendí por qué. Tan sólo sentí una punzada intensísima en el oído derecho. Cerré los ojos por instinto y me llevé las manos a la oreja en menos de 3 nanosegundos, para darme cuenta que tenía el cotonete dentro del oído. Estaba mareado, me dolía mucho y, también por instinto, saqué el cotonete ensangrentado. Lo aventé. Seguía con los ojos cerrados. No sabía dónde estaba. Me recosté con el oído hacia abajo y lo tapé con ambas manos. La sangre recorría mi oído interno y yo la podía sentir, incluso la polía oler. Abrí mis ojos para revisar mis manos y estaban limpias, pero al tocar mi oreja, mi dedó se pintó de rojo. Alguien me había dicho que uno sólo ve sangrar sus oídos cuando va a morir. Pero no me escandalicé. No era para tanto. Aunque tal vez, ese día, haya vencido a la muerte.

De pronto todo se aclaró. Me había clavado el cotonete. Me sentía el hombre más estúpido sobre la tierra. Tal vez lo era. Pero así suceden los accidentes. Un pequeño descuido, un "a-mi-no-me-pasan-esas-cosas". Y en el minuto después contemplas tu cuerpo desnudo, gimiendo, por culpa de un pequeño -y delgado- pedazo de plástico con algodón.

Ese día perdí el 40% de la audición de mi oído derecho, queridos. Y aunque todo volvió a la normalidad un par de meses despúes, es la fecha en que si veo un cotonete me sudan las manos y mi oído se reprime.

Tuesday, February 27, 2007

Anopheles Culicidae

12.27 a.m. Domingo por la noche. Apagas la televisión y te dispones a dormir después de un largo, largo día en que recorriste la ciudad un par de veces, jugaste con tus sobrinos, hiciste una mudanza y fuiste al cine. Estás realmente cansado. El calor te agota y hoy lo padeciste durante buena parte del día. Apagas la lámpara de pie, das media vuelta, te enredas en las cobijas y acomodas la almohada. Cierras los ojos sin darte cuenta y descansas.

De pronto sientes una presencia extraña. Alguien o algo está cerca y lo sientes. Aún estás dormido pero lo sientes. Te mueves un poco, das media vuelta y abres un poco los ojos. No hay nadie. Es sólo tu imaginación, o tu sueño. Cierras los ojos y continúas durmiendo.

No pasan ni 5 minutos cuando vuelves a sentir que alguien está ahí contigo. Como por instinto pretendes guardar silencio (aunque estás en silencio), y procuras tranquilizar tu respiración y los latidos del corazón para poder escucharle. Pero no hay nada. Es sólo una sensación. Estás absolutamente solo. Vuelves a cerrar los ojos, aunque nada es lo mismo y estás intranquilo.

Una vez reconciliado el sueño, vuelves a sentirle. Esta vez lo escuchas. Está justo arriba de tí. Duermes de lado y alcanzas a escucharlo justo arriba de tu oído. Te inquietas. Estás fastidiado. Te levantas y prendes la luz. Crees que el efecto ahuyentador de fantasmas y demonios de la luz de tu niñez continúa a los 25 años. Y tal vez lo tiene porque no le ves más. O tal vez se ha escondido en el armario. Tu cansancio te impide investigarlo. Te recuestas de nuevo pero ya no descansas. El sueño se ha ido, y permaneces solo, en la obscuridad, con los ojos abiertos, esperando que no aparezca jamás.

Pasan unos minutos. El sueño ha vuelto y te ha derrotado. No le has visto ni escuchado de nuevo pero sabes que está ahí. Haces todo lo posible por olvidarle, por perderte en tus sueños, pero no puedes. Aparece de nuevo y tú le escuchas. No lo ves, tan sólo lo escuchas; zizeante, molesto, amenazante. Pasa una, dos, tres veces encima de tí mientras intentas defenderte u ocultarte debajo de las cobijas. También le agredes, sueltas un par de golpes pero le sigues escuchando. Estás desesperado, son las 3:32 y mañana es día de trabajo. Te ocultas, te mueves, giras en la cama, tapas tus oídos; pero él no cede. Sigue ahí; te amenaza, juega contigo, se acerca tan sólo un poco para después alejarse, se mofa de tí. Y tú no puedes hacer nada, más que cubrirte y soltar manotazos a diestra y siniestra, hasta que te lastimas de un manotazo y te rindes.

Te despiertas a las 8:45. No sabes que pasó anoche. No sabes si lo aniquilaste; si venciste o te vencieron. Los rastros de la batalla están en tus manos. Ronchas rojas que has rascado constantemente, aún mientras dormías. Al final, el cansancio te permitió dormir y no tienes certeza del paradero de tu adversario...

Hasta que te miras en el espejo y ahí está. Aplastado. En tu cachete... el pinche mosco.

Saturday, February 17, 2007

Celos

Ya he escrito antes sobre la gente extraña que visita esta librería. Hoy toca el turno a una pareja, de enamorados -supongo-, o tal vez sean desenamorados, o hermanos o paseantes. Llegaron aquí hace 18 minutos (lo sé porque miré el reloj de la computadora en el instante que decidieron sentarse frente a mi).

Ella no es fea. No es ni gorda ni flaca aunque sus caderas rebasan la sujeción del pantalón. Es una de esas mujeres que uno se imagina llena de estrías. En las piernas, en los senos, en la espalda, hasta en el cuello. Su cabello no es ni rojo ni negro pero tiene algo de los dos. Su arreglo es grotesco. A pesar de sus nalgas inexistentes y la grosera redondez de su vientre, ha decidido vestir unos mallones rojos.

Él tampoco es un adonis. Su playera no tiene mangas y ha perdido el color por el uso y la lavandería. Viste un cinturón negro con picos de metal brillante y unos tenis que, por feos, asumo de gran precio.

Llevan 25 minutos aquí. Han notado mi presencia y mi mirada inquisitiva.

Ahora se besan. Se besan sin pudor, a lengüetazos y mordidas. Como yo nunca me atrevería a besar en público. Él besa su cuello. Ella le acaricia los delgados brazos y pasa su mano por su barriga.

Los vecinos se han marchado. No soportaron sus ruidos y risas. Pienso que tal vez lo hacen a propósito para incomodar a los compradores de libros y por eso no me levanto. Finjo concentrarme en mi trabajo. La pareja continúa, inmutable. Él se encuentra atravesado sobre el sillón y continúa besando su cuello. Ella abre los ojos y me mira. Bajo la mirada hacia mi pantalla. Tomo un par de hojas y releo varias veces la misma línea. Es un hecho que no me puedo concentrar. Levanto los ojos y ella continúa mirándome. El chico, Juan o Alberto o Ricardo o como se llame, no lo nota. Está concentrado en lo que hace. Besa su cuello, su oreja, su boca; dándome la espalda y sin notar que ella, Martha o Arcelia o Gladys o como se llame, me mira.

Vuelvo a retirar la mirada y me quedo con esa sensación extraña que uno siente cuando alguien más le mira. Estoy nervioso. Su mirada me inquieta pero me rehúso a cambiarme de lugar. Veo un guardia de seguridad a lo lejos e intento llamar su atención sin éxito mientras ellos elevan el tono de sus caricias. Ella ha introducido su mano en la bermuda de él. Él sujeta los senos de ella con firmeza y pellizca su pezón. El tiempo se detiene y parece que nadie más nota su presencia. Encuentro el primer inconveniente de este lugar apartado de los estantes y los paseantes. Suena mi celular. Hago un esfuerzo por elevar el volumen de mi voz para molestarles, pero su excitación les ha ensordecido. Continúan su encuentro. Temo que dentro de poco tiempo comiencen a despojarse de la ropa y se hagan el amor frente a mi. Entonces si me levantaría, pero sólo entonces.

Levanto mi mirada de nuevo. Ella no me mira más. Tiene los ojos cerrados y su cabeza dirigida al techo. El policía, por fín se acerca. Les dice algo en voz baja y ellos se levantan. Se dirijen a la salida. Ella se detiene. Se dirije al baño y voltea, me mira fijamente, me hace una seña. Él la mira desde la puerta de entrada y nota sus acciones. Me mira. Yo pretendo que no he visto nada, que no ha sido a mí, que no existo. El guardia le comenta algo y sonríe; hojea algunos libros mientras espera a su acompañante.

Pasan unos minutos y ella sale del baño. Me mira de nuevo y sonríe.

Friday, February 16, 2007

Dime la música que escuchas y te diré…

Decir que la música afecta nuestra vida es una perogrullada. Alguna vez leí —o ví en televisión— que si los niños hacen la tarea mientras escuchan la 9ª sinfonía de Beethoven, se concentran y aprenden más. Así como ese, supongo que deben existir cientos de documentos sobre la influencia de la música en nuestras vidas. Yo, con mi humildad acostumbrada, he hecho una investigación con resultados sorprendentes que pueden llevar a cambiar nuestro conocimiento sobre la conducta humana.

Como el despistado lector debe saber, el tránsito es una de las mayores preocupaciones de mi vida (la otra son los baños, la desnudez, la memoria y el poder). Debido a esta preocupación, una buena parte de mis pensamientos del día tienen relación con el tránsito, los transeúntes, los automovilistas y sus prácticas.

Mi experiencia personal dicta que mi forma de conducir depende de la música que escucho. Si escucho Metallica, Staind o Godsmack; conduzco más rápido de lo habitual y le prendo las luces al de adelante para que aumente la velocidad. Si escucho jazz o blues, mi manera de conducir es más bien calmada, cedo el paso a los peatones, no subo mucho la velocidad y soy amable con los demás automovilistas.

Pero, si escucho cumbias, entonces manejo dando enfrenones, mentando madres, violentando la ley de tránsito y me fastidia todo.

¿Alguien podría proponer como política pública prohibir a los microbuseros escuchar cumbias porque afectan su manera de conducir?

Wednesday, February 07, 2007

Happy b'day!


Este blog cumple un año. Celebremos!!!


Wednesday, January 31, 2007

Two days before

For you,


Who is my friend, when all friends are gone
I'm talkin' 'bout you, I do mean you
Who is my friend, when all friends are gone
You always defend me, if I'm right or wrong
I'm talkin' 'bout you, I do mean you

Knows how to love me, in my way
I'm talkin' 'bout you, I do mean you
Knows how to love me, in my way
Who's always there, every night and day
I'm talkin' 'bout you, I do mean you

Who is the sugar in my tea
I'm talkin' 'bout you, I do mean you
Who is the sugar in my tea
When I'm in trouble, who sees by me
I'm talkin' 'bout you, I do mean you

Talkin' 'bout you,
I'm talkin' 'bout you
Talkin' 'bout you

Tuesday, January 30, 2007

Firmas

Una nueva amiga ha dicho hoy:

"me siento re-importante.... he firmado demasiadas cosas hoy"

Es demasiado para ella, pues en una semana ha adquirido un celular y una cuenta de banco por primera vez.

Recuerdo cuando yo me sentí re-importante por adquirir mi tarjeta Sears-kids. No recuerdo los detalles específicos, pero era una tarjeta de ahorro que al adquirirla y, posteriormente en cada visita, te regalaba una bolsa de palomitas. Nunca ahorré más de $10,000 (viejos pesos)... pero siempre quería ir a Sears.

En ese entonces era lindo, educado, y re-importante.

Monday, January 29, 2007

Entre el pudor y la desvergüenza


Hacía un buen tiempo que no acudía yo a un club deportivo. El Berimbau –un club en decadencia en lomas verdes- era mi única referencia, y en ese entonces tenía menos de 12 años, lo cual me obligaba a entrar a la zona de niños, donde sólo un adulto podía pasar para ayudarnos a bañar y vestir. Odiaba la natación, pero el karate me divertía y me dió un par de medallas (junto a una derrota vergonzosa).

Ahora, 15 años después, he regresado a un club. Ya no hago karate pero improviso con el squash y probaré la natación, además de ver las series gringas en las televisiones del gimnasio mientras hago esfuerzos súbitos por levantar insignificantes pesas.

Ya había olvidado algo que los clubes deportivos deberían anunciar en su publicidad: la posibilidad de admirar otros cuerpos en todo su esplendor. No me entienda mal, despreciable lector. No hablo aquí de los hombres y mujeres de cuerpos perfectos, esos se ven por doquier en anuncios o en vivo. Me refiero a la posibilidad de encontrarse con hombres panzones, con estrías en las nalgas y celulitis en la parte alta de las piernas, con las tetas caídas y el pene al descubierto.
¿Acaso nadie le ha informado a estos cincuentones que –desde hace varios siglos- usamos objetos para tapar la desnudez? ¿Que sus antepasados descubrieron el taparrabos? ¿Que en el amazonas utilizan cubrepenes para proteger sus miembros de posibles picaduras? ¿No hay alguien que les informe que ellos también pueden proteger su dignidad?

La semana pasada, al entrar a los vestidores, me topé con un par de estos individuos. Platicaban de cualquier cosa, y recibían a todo aquel que se disponía a darse una ducha con sus pieles rebosantes, su miembro colgante y una sonrisa.

En esta época de libertades absolutas, donde la censura es políticamente incorrecta sin importar su justificación, estoy dispuesto a pasar por mojigato o fascista o puritano. Pero si ud., despreciable lector, asiste a un club… por favor ¡Cubra su trasero!

Tuesday, January 23, 2007

Luto


Nunca he entendido el luto, tal vez porque no haya nada que entender en él o tal vez porque lo enfrenté muy pronto en la vida.

Hoy falleció Ryszard Kapuscinski. El autor del relato más fantástico que haya leído sobre África. Para variar, no he leído mucho de él (entiéndase por mucho, más de un libro) pero lo admiro -incluso a la distancia.

Y, por si alguien se lo preguntaba, el tipo de periodismo que hizo Kapuscinski es lo que más me gustaría hacer en la vida. Aunque mis relatos fueran una quincuagésima parte de buenos que los de él.

Para honrar su memoria compraré algún libro suyo.

Monday, January 22, 2007

Dios

Ya lo he dicho anteriormente: en este blog soy Dios. Y he aquí uno de los pasajes de la creación.


34 El día 22 de enero de 2007, dijo Dios: Remuévase el acento de la palabra "cómo", y así fue.
Y pasó la tarde y la noche del día 22 de enero de 2007.
Génesis 1:34

Friday, January 19, 2007

Estorbo


Ya he escrito antes aquí sobre la rudeza del tránsito en la Ciudad de México. Esta vez no fueron chacos, ni mazos, ni patadas, ni golpes. Fue un gis para automóvil.
Mi auto, perfectamente estacionado, a un lado de la banqueta, donde no había entrada para auto ni señal de no estacionarse... es un estorbo.

Friday, January 12, 2007

Thursday, January 11, 2007

Tsotsi

Además de ser la ganadora del Oscar a Mejor Película Extranjera de 2006, Tsotsi ha sido galardonada en múltiples festivales del mundo. Uno de estos premios llama la atención: El "Truly Moving Picture Award" otorgado por el Heartland Film Festival de Indianápolis.

Eso es lo que es Tsotsi, una película realmente conmovedora sobre la calidad humana.

Tsotsi es un maleante sudafricano con un corazón frío y una vida marcada por la violencia; uno más entre los miles de habitantes de los ghetos sudafricanos que eligen la violencia, el robo, y el pandillerismo como una forma de vida. Durante un robo de auto, roba accidentalmente al primogénito de una familia de clase alta sudafricana. Escapa con el bebé, lo esconde y comienza a preocuparse por la salud y alimentación del pequeño. Con las mismas formas de violencia y agresión, consigue que Miriam, una joven viuda, amamante y cuide al infante, mientras él se debate entre sus sentimientos hacia el niño y su estilo de vida desalmado.

Gavin Hood tiene el acierto de mostrarnos las diferencias socioeconómicas en la ciudad de Johannesburgo. De las construcciones monumentales a los cuartos de fibra de vidrio; del lujo y los sistemas electrónicos a la iluminación por medio de velas en los ghetos; de la seguridad con que el padre del niño exige a las autoridades su localización al abandono del que son sujetos los niños de clases bajas. Hood nos pone enfrente una sociedad polarizada, donde las armas y el temor son la regla. Una realidad que, al menos a mí, me suena familiar.

Más allá de la historia personal de Tsotsi, las penas por las que ha pasado, o el esfuerzo que hace por conservarse al lado del bebé, la película es conmovedora porque nos hace cuestionarnos si los chicos como Tsotsi, realmente eligen la violencia, el robo, y el pandillerismo como una forma de vida. Si realmente tienen la libertad de decidir, o si las condiciones son las que se imponen sobre ellos. Si al enfrentar su pasado pueden hacer algo para cambiar el presente. O si al hacerlo, no es ya demasiado tarde.